A Berta Reyes
Es joven y elástica la tarde aún en las campiñas, al sudoeste extremo de la provincia de Buenos Aires, y un hombre convencido avanza a paso atlético, atravesando los sembrados de octubre.
Su infalible mirada confiesa un objetivo.
En lontananza, un tímido y borroneado escenario comienza a configurarse y ganar forma delante de su vista.
¡Allí es!
Detrás de unos añejos arbustos se encuentra un cansado y sentenciado cerco, que lleva años batiéndose a duelo con el vacío, resistiendo, pobre, su derrumbe final. Dentro de sus perímetros se alza un rancho de adobe que, a la vista del viajero, se muestra como una oportuna fundación.
El trajín de sus zapatos finaliza allí.
En algún recodo del obstaculizado terreno se oye el melancólico sonido de una maltrecha hamaca. Aquello alegra infinitamente al hombre, que ha cesado su marcha y, posicionado detrás de un corpulento eucalipto, persigue con cuidadoso entusiasmo la procedencia, todavía vedada, de aquella nostálgica sinfonía.
Rodeando los perímetros del cerco, el viajero camina agazapado y sigiloso, orientado por las dos mecánicas notas que ejecutan los oxidados metales de la hamaca en su incesante ejercicio del ir y venir.
Sus cautelosas pisadas parecen haber sido ensayadas con años de antelación para este decisivo momento.
El ojo que logra acomodar en furtiva y dificultosa posición consigue la visual necesaria para su fin.
Hay un trecho aproximado de diez metros entre el sitio de la hamaca y la puerta del rancho. Por el momento, nada parece amenazar ese espacio.
Sabe que su empresa exige brevedad y precisión. En menos de cinco minutos quedará expuesto su pragmatismo.
Los pulsos que mantienen vivo al tiempo son estos exclusivos momentos.
Tensión, vibración, energía, puro conflicto vital.
Pulsos determinantes para el implacable y obligado ritmo de las épocas.
La tarde ha mudado una parte de ella desde que el hombre emprendió viaje hasta aquí y el escenario, inevitablemente, modificó la ubicación de sus sombras.
Aunque los días de octubre en las campiñas huelen a eternidad, hay misiones que arden de incertidumbre y corren peligro de consumirse si no son ejecutadas en la inmediatez requerida.
Por fin, el viajero inaugura su persona delante de unos ojos colmados de asombro.
La enigmática escena de la hamaca, paralizada ahora de manera súbita y que fuese gráficamente mezquina minutos antes, se muestra en todo su esplendor frente al hombre.
Una niña, que en ese instante experimenta un sinfín de sensaciones dentro suyo desde que esa presencia se dio a conocer.
Ella está perpleja, sin aliento, agarrando con sus manos sudorosas las cadenas de la hamaca.
Un fugaz instinto infantil le hace sentir que esto que está sucediendo no es en vano; esa aparición repentina, ese hombre, no está ahí por azar.
No sabe si es él exactamente, pero lo ha soñado muchas veces.
Sin que la niña lo sepa, aunque lo intuye, la vida se reduce y consagra a estos instantes. Lo demás es curso de vida reglamentaria.
La sensación de que el mundo se ha frenado merodea por el lugar.
Por lo pronto, el hombre se ha quitado el sombrero y lo ha presionado suavemente sobre su abdomen.
Está nervioso, parado a escasos dos metros de ella.
De forma moderada, inclina su espigado cuerpo y se dirige a la niña.
—Hola.
Un silencioso estadio ganó lugar luego de ese ligero saludo.
La pequeña solo naufraga en su interno mar de sensaciones caóticas.
El hombre sabe que esto que pronunciará en breve es difícil, pero a ello vino.
—Soy tu padre, no temas hija. No te haré daño. He venido de muy lejos, solo para hacerte una pregunta.
La niña no ha tenido margen que le conceda abandonar su estado de sensaciones indescriptibles desde que ese hombre apareció frente a ella.
Su mirada fija en él ha dado paso a la pregunta única y definitiva.
—Hija, ¿quieres venir conmigo o quedarte con tu madre?
La pequeña, sentenciando rápidamente la circunstancia, responde:
—Con mamá.
Un soplo de alivio y satisfacción atizó al hombre, que afianzó el sombrero en su cabeza, levantó la mano derecha saludando a la niña y comenzó la retirada con una marcha mucho menos intensa que la de su llegada.
La niña ni por un momento despegó los ojos de la silueta del hombre.
Ella era consciente de que nunca más volvería a verlo.
Lo contempló hasta que se desvaneció en las hondonadas del horizonte.

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