martes, 11 de agosto de 2026

Querer saber


Repasando las correspondencias entre Sor Juana Inés de la Cruz y Sor Filotea de la Cruz, puse nuevamente el acento en los testimonios que la poetisa revelaba a su destinataria —Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla, bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz— cuando, con inteligente modismo, argumentaba las razones por las cuales optó por el celibato y la vida conventual, destacando la única y honesta razón de su amor por las letras y el saber; todo esto, digo yo, no dejando pasar por alto la belleza singular de la que era portadora Sor Juana, que no es un dato menor aquí, y mucho menos en aquella época.

Luego de esto, inmediatamente, recordé otra epístola no menos significativa: la respuesta que proporcionara Henry David Thoreau a un remitente asediado por la superficialidad y la vacuidad de sus días, luego de conquistar los podios de la opulencia:

«¿Por qué negarse a ver? ¿Por qué no utilizar nuestros propios ojos? ¿O es que los hombres lo ignoran todo? Conozco a muchos a los que es difícil engañar cuando se trata de asuntos comunes, muy desconfiados de los cantos de sirena, que disponen responsablemente de su dinero y saben cómo gastarlo, que disfrutan fama de prudentes y cautelosos, y que, no obstante, aceptan vivir gran parte de su existencia tras un mostrador, como cajeros de un banco, y brillan y se oxidan y finalmente desaparecen. Si saben algo, ¿por qué diablos lo hacen? ¿Saben qué es el pan? ¿Y para qué sirve? ¿Saben qué es la vida? Si supieran algo, cuán rápido dejarían de frecuentar para siempre los lugares donde ahora se los conoce tan bien.»

Escribo esto, tal vez, porque consideré que es un buen día para hacer práctica del ejercicio de la honestidad con uno mismo.

Bien sé que no es empresa fácil desmantelar la estructura de ideas y pensamientos preconcebidos y que, lógicamente, creemos y asimilamos como propios, pero que no lo son.

¿Este ejercicio llevaría raudamente al divorcio civil, familiar y, luego, a la soledad absoluta? Posiblemente; pero, ¿Qué nos queda sino apropiarnos con feroz avaricia de la fortuna de ser nuestro propio «yo» y no una copia mal hecha de nosotros mismos, con tan solo migajas dispersas de autenticidad?

Comprometerse con esta desafiante causa significaría el despuntar de un nuevo mundo y el languidecer del espejismo que nunca alcanzamos, porque no es nuestro.

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LA SOLITA

Entre eucaliptos macucos, Tamariscal y florcitas, Está la fiel, pobrecita, Parada en pose de gala, En la intemperie, su sala, Quedó olvidada...