Para una mujer y sus aniversarios de vida.
Cuando se agiten las curiosidades en tu sensible seso, y reclames la porción de vida que mereces, porque te pertenece., Será, que habrás descubierto que los años no son solo el conteo del paso del tiempo, mecánicos y sin sentido, sino más bien, impulsos de vida y mágicos latidos de existencia tan antiguos como presentes.
Cierta vez, en un lugar lejano y apartado de los ruidos de automóviles y del griterío de las muchedumbres de la ciudad, nació una niña de sonrisa radiante, de ojos vivos y curiosos, animosos por ver.
Sucedía, que en ese lugar lejano donde la niña nació, los habitantes no hacían uso de relojes, ni tampoco de calendarios. Se iban a dormir cuando oscurecía y se levantaban cuando amanecía.
Todos los años, "el tiempo" visitaba los poblados de la región., pero a ese singular sitio donde nació la niña, no acudía jamás, no porque no pudiese, sino, porque su presencia como su ausencia, era totalmente ignorada por los habitantes de aquel poblado, puesto que, como se sabe, no utilizaban relojes ni tampoco calendarios. Entonces el tiempo, seguía de largo visitando los demás pueblos.
La niña de sonrisa radiante y de ojos vivos y curiosos, aumentaba de tamaño, pero esto no le impedía sonreír y ver con curiosidad todo lo creado como desde el primer día. Crecía como las flores del valle, sin presura y en silencio., avanzaba en sus pasos como la corriente del arroyo, discreta y apacible, Podía sentir el viento en su cara, vivo y circundante, como las aves altivas, volando a numerosísimos metros de altura.
En su interior, había explosiones de vida a cada instante. No había lugar para otras cosas sin importancia. Su imaginación, era tan amplia como las campiñas linderas, sus pensamientos, tan límpidos y libres como las verdes praderas echadas panza arriba al sol. Una vida de circular felicidad la abrazaba con el cariño de una madre.
Ocurrió cierta vez, que la niña se tumbó a descansar de sus caminatas a orillas de un estanque, luego, calmada su fatiga, fue a lavar sus manos, y sin querer, solo sin querer, observó en el espejo del agua, que su rostro le anunciaba diferencias., su frente, había sumado varios pliegues horizontales, uno encima del otro, su nariz, había perdido firmeza y colgaba más débil que de costumbre, sus pómulos, ya no eran rosáceos y pronunciados, sino más bien, se habían vuelto opacos y mullidos.
Se detuvo en sus ojos, y el color miel se había trocado en grisáceo, un gris leve y lejano, cual si acumulasen esos grises ojos todo lo visto y observado durante tantos momentos.
Lentamente, llevó las manos al alcance de su vista, y pudo verlas huesudas y vestidas de arrugas acompañada de pequeños lunares.
Entonces, quedó como en una especie de letargo efímero., cerró los ojos, y Acarició suavemente su cabello cano, con una sonrisa casi nostálgica, como sospechando algo, pero ese descubrimiento tan repentino y extraño, no sobrepasó más que una tenue sospecha, ni siquiera alcanzó la trascendencia de la mariposa que segundos después, detectó revoloteando delante de ella.
Porque la niña de aquel lugar lejano, donde no cuentan con relojes ni tampoco calendarios, no conoce el tiempo, y mucho menos lo comprendería.
Nada sería capaz de modificar su radiante sonrisa, su niña interior pugna por nacer a cada momento. Una vida mágica en constante ebullición, no puede perder tiempo sagrado en conteos absurdos, y detalles en cambios de apariencia física.
En aquel lejano lugar, la niña es a cada instante, y cada instante, es un latido de su corazón.
Tal vez, cuando descubras que los años no son solo el conteo del paso del tiempo, mecánicos y sin sentido, sino más bien, impulsos de vida y mágicos latidos de existencia tan antiguos como presentes, te dignes visitar aquel lugar lejano, donde no cuentan con relojes ni tampoco calendarios., Donde vive boyante la niña de radiante sonrisa, y de ojos vivos y curiosos.
Quizá, si alguna vez asistes a aquel asombroso poblado, te quedes, y escojas vivir allí para siempre, donde el tiempo no encuentra cobijo, porque nadie lo conoce.

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